Patricia Bullrich y la despedida a Ekel Meyer: se va un aliado clave en la batalla por el orden y la República en Jujuy

Patricia Bullrich y la despedida a Ekel Meyer: se va un aliado clave en la batalla por el orden y la República en Jujuy

La muerte de Ekel Meyer, presidente de la Suprema Corte de Justicia de Jujuy, sacude a una provincia que lo tuvo como protagonista en los tres poderes del Estado y a un país que lo vio ocupar un lugar central en la agenda de seguridad y Justicia del norte argentino. Meyer falleció este domingo, a los 58 años, tras una enfermedad que lo había alejado parcialmente de sus funciones.

Para Patricia Bullrich, hoy senadora de la Nación y referente del orden dentro del gobierno libertario, la noticia tiene una carga política y humana especial. No se trata solo de la partida de un juez, sino de la pérdida de un socio estratégico en la recomposición institucional de Jujuy. “Compartimos años de trabajo por la justicia, primero en Seguridad y luego en la Corte”, expresó al conocerse el deceso, subrayando el vínculo forjado en la gestión y en los momentos de mayor conflictividad con el poder paralelo de Milagro Sala.

Meyer no fue un improvisado. Abogado, militante radical, concejal capitalino, diputado provincial, ministro de Seguridad entre 2015 y 2020 y, finalmente, vocal y presidente de la Corte jujeña, condensó una trayectoria poco frecuente: conoció el Estado desde la política y desde la magistratura. Ese recorrido explica por qué Bullrich lo miraba como algo más que un juez: veía en él a un cuadro que entendía que la ley no es una declamación, sino una herramienta concreta para desarmar estructuras de violencia, corrupción y mafias enquistadas.

Para el bullrichismo, Jujuy fue un laboratorio de una idea simple y áspera: sin decisión política, la Justicia queda rehén de los feudos. En ese esquema, Meyer fue la pieza que se animó a sostener, desde el Poder Judicial, procesos que pusieron límites al “imperio” de Milagro Sala y a la lógica del apriete como método de construcción política. Bullrich lo subraya cada vez que puede: fue “firme, valiente y comprometido con la verdad”, incluso cuando esa verdad lo colocaba en el centro de campañas de difamación y presión.

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Sus detractores lo acusaron de ser un juez demasiado cercano al poder político. Sus defensores, Bullrich entre ellos, responden que en provincias donde el Estado fue capturado por organizaciones paraestatales, la neutralidad se vuelve complicidad. La discusión seguirá, pero la historia institucional de Jujuy no podrá escribirse sin el capítulo Meyer: allí están la modernización tecnológica del Poder Judicial, la apuesta por el juicio por jurados, la creación de oficinas para enfrentar el grooming y el bullying, y la búsqueda de una Justicia más accesible para las víctimas.

La mirada de Bullrich sobre su muerte es inevitablemente política, pero no solo eso. En el campo de la seguridad y el derecho, los lazos se tejen en madrugadas de crisis, en emergencias sociales, en decisiones que pueden costar la carrera o la paz familiar. Allí se forjó una confianza personal que hoy se transforma en duelo. Detrás del magistrado y del exministro hay una familia, amigos, colegas que pierden a un hombre que eligió estar en la primera línea del conflicto, con todo el desgaste que eso supone.

Desde una perspectiva humanista, la despedida no puede convertirse en un acto de revancha ni de balance mezquino. La muerte impone un límite y exige un mínimo de grandeza: reconocer en Ekel Meyer a un funcionario que se equivocó o acertó como cualquiera, pero que eligió ocupar lugares de responsabilidad cuando otros preferían mirar para otro lado. Para Bullrich, ese es el rasgo que lo vuelve irremplazable: la voluntad de asumir el costo de enfrentar poderes fácticos en nombre de la ley.

En un país exhausto de impunidad y de cinismo, la figura de Meyer deja una lección incómoda: no hay orden ni República posible sin personas concretas dispuestas a dar la cara. Hoy, Jujuy vela a su presidente de la Corte. Bullrich despide a un aliado en la batalla por la restauración institucional del norte argentino. Y la política, si tuviera algo de memoria, debería entender que los proyectos de cambio profundo no se sostienen solo con discursos: necesitan de hombres y mujeres que, como Ekel Meyer, acepten pagar el precio de estar del lado de la Justicia cuando eso deja de ser una frase amable y se convierte en un campo de disputa real.

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