“Petróleo bajo tutela: el ‘control indefinido’ de Venezuela y la Argentina que ya vive para pagar”

“Petróleo bajo tutela: el ‘control indefinido’ de Venezuela y la Argentina que ya vive para pagar”

El mundo entró en una fase donde las palabras “soberanía” y “mercado” se usan como decoración. Lo estructural es otra cosa control. El secretario de Energía de EE.UU., Chris Wright, lo dijo sin eufemismos: Washington pondrá en el mercado el crudo que salga de Venezuela “indefinidamente”, venderá a refinerías estadounidenses y al resto del mundo, y el dinero quedará depositado en cuentas controladas por el gobierno norteamericano, con el argumento de “impulsar cambios” internos.

Esto no es una sanción; es un nuevo formato de administración del recurso ajeno. No es bloqueo: es comercialización tutelada. Y por eso el anuncio es un parteaguas. Si un país puede declarar, en un foro financiero, que controlará “por tiempo indefinido” el principal activo exportable de otro Estado —y que decidirá cuándo y cómo vuelven los fondos— entonces el comercio internacional deja de ser un tablero con reglas y pasa a ser un tablero con dueños.

La cifra de arranque del operativo también tiene valor simbólico: entre 30 y 50 millones de barriles (un acuerdo que Reuters encuadra en hasta US$2.000 millones de exportación) como primer movimiento para que el petróleo “atascado” vuelva a circular, pero ya bajo mando externo. Es el mensaje para el resto del planeta energético: si el recurso es crítico, la cadena de valor puede ser militar, financiera y política al mismo tiempo.

En ese marco, la Argentina queda expuesta por contraste. Porque acá no hace falta que nadie controle un pozo: basta con controlar los dólares. El 9 de enero vence un pago grande (Reuters lo ubica en torno a US$4.3 mil millones), y para llegar a esa fecha el Banco Central cerró un REPO por US$3.000 millones con seis bancos internacionales, usando como colateral BONARES 2035 y 2038.

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Y no fue gratis: el propio BCRA informó que el préstamo es a 372 días y a una tasa equivalente a SOFR + 400 puntos básicos, cerca de 7,4% anual. Es decir: Argentina compra tiempo con deuda, a tasa “de mercado”, hipotecando instrumentos a largo plazo para sobrevivir el corto plazo. Eso no es un plan de desarrollo: es ingeniería de caja.

Entonces aparece la pregunta política que incomoda al oficialismo: ¿con qué autoridad se condena la “intervención” venezolana si la vida cotidiana argentina ya está intervenida por la lógica del vencimiento? Venezuela es el caso explícito: un gobierno que administra bajo tutela y un recurso que se vende con control externo. Argentina es el caso elegante: no hay anuncio de control “indefinido”, pero hay un país entero funcionando como una máquina de pagar deuda y sostener credibilidad ante terceros.

La novedad geopolítica es que EE.UU. ya no se limita a “marcar la cancha”: juega el partido, cobra el ticket, y además define el relato (“beneficio del pueblo”). Ese es el corazón del cambio: cuando el hegemon pasa de sancionar a gestionar flujos, el resto de los Estados queda ante una disyuntiva brutal: o negocia desde fortaleza (recursos, reservas, capacidad industrial) o negocia desde fragilidad (deuda, déficit de dólares, urgencia social).

Para Argentina, el alineamiento automático puede dar una foto, pero no compra soberanía macro. Porque el problema argentino no es “de simpatías”: es de estructura. Sin una generación sostenida de dólares —exportaciones con valor agregado, energía, minería con derrame real, servicios basados en conocimiento, turismo bien gestionado— todo termina en lo mismo: refinanciar, patear, pagar caro. Y cuando el mundo entra en la lógica “vale todo”, un país endeudado no es aliado: es activo descontado.

En criollo: hoy Washington no vaticina; advierte y ejecuta. Y la Argentina, con su REPO bajo el brazo para llegar al 9 de enero, debería leer el mensaje completo: el orden nuevo no premia la genuflexión; premia la potencia. Lo demás es administración de la decadencia, con fecha de vencimiento.

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