Perico Noticias, 3 de febrero del 2026 // Las pantallas en Wall Street no castigan “ideas”: castigan desconfianza. Y en estas horas, los activos argentinos recibieron un golpe que no tiene épica ni relato: tiene precio. La renuncia del titular del INDEC, Marco Lavagna, en medio de la polémica por el cambio (y la postergación) de la metodología del IPC, reavivó el peor fantasma: la sospecha sobre los números. La reacción fue inmediata: caída de acciones, tensión financiera y rebote del riesgo país en la zona de los 500 puntos.
La escena que indigna: “no vamos a los mercados”, pero igual hay que pagar
El Gobierno decidió cubrir un vencimiento con el Fondo Monetario Internacional mediante la compra de DEG a Estados Unidos (una operación que Economía presentó como “habitual”), mientras el propio ministro remarcaba que Argentina no saldría a buscar financiamiento a los mercados internacionales.
En términos de confianza, el mensaje que recibe el inversor es áspero: se paga, sí, pero la estrategia luce improvisada y atada a maniobras de coyuntura, justo cuando el programa con el Fondo necesita previsibilidad quirúrgica. El mercado no discute ideología: discute riesgo.
El detonante real: la pelea por el IPC y el regreso del fantasma estadístico
La controversia por el índice de inflación no es un tema técnico; es la piedra basal de toda la arquitectura económica: paritarias, jubilaciones, tarifas, bonos, tasas, expectativas. Cuando se instala la sospecha de interferencia política sobre el termómetro, el mercado hace lo único que sabe hacer: se cubre.
Reuters reportó que la tensión por los datos inflacionarios “ensombreció” al mercado y que el riesgo país subió hacia 496 puntos básicos, con la bolsa local encadenando bajas.
Y en paralelo, medios locales registraron caídas fuertes de acciones argentinas en Nueva York, con derrumbes puntuales muy marcados.
El “Pinocho” económico: el costo de vender calma con números discutidos
El problema no es una jornada roja. El problema es el daño reputacional: una vez que el mercado cree que el Gobierno puede “administrar” la verdad estadística, todo se encarece: crédito, refinanciación, inversión productiva, y hasta la paciencia social.
Y mientras tanto, en la calle, la inflación “de parte” puede decir una cosa, pero en las góndolas la gente percibe otra. Ese divorcio entre discurso y cotidiano no se resuelve con conferencia: se resuelve con confianza y con actividad real. Porque si el consumo está frío y la economía no arranca, el inversor no compra relatos; compra señales.
Gobernar es credibilidad, no prestidigitación
Cuando la conducción económica juega a dos bandas —promesas de transparencia por un lado, y señales de intervención por el otro— el mercado lo traduce como riesgo de régimen, no como simple volatilidad. Y el castigo llega donde duele: cotizaciones, riesgo país, costo de financiamiento, y el humor de un mundo que no tolera “viveza” cuando hay deuda y compromisos.
Argentina no está en condiciones de que su ministro sea “superministro” puertas adentro y “Pinocho” puertas afuera. Porque afuera no hay militancia: hay traders. Y cuando huelen humo, no preguntan: venden.
