Perico Noticias, 2 de febrro del 2026 // El peronismo nació para representar a las mayorías, no para administrarlas desde una mesa chica. Y sin embargo, en Jujuy el Partido Justicialista lleva demasiado tiempo atrapado en una lógica que ya no seduce, no convoca y —lo peor— no respeta a su propio pueblo: el afiliado y el votante.
Hoy el problema no es la militancia. El problema son las reglas. Y cuando no hay reglas legítimas, la política se degrada en obediencia. Se reemplaza el debate por el mandato, la propuesta por el sello, la conducción por la presión. Se discute quién “tiene la llave” y no quién tiene la razón. Se discute quién decide y no cómo se decide. Eso no es peronismo: eso es cúpula.
Por eso hay que decirlo sin vueltas, con empatía por el afiliado que se cansó de esperar: en un partido popular, decide la gente. No el dedo de Cristina Fernández de Kirchner, no los interventores desde Buenos Aires, no la influencia territorial de Leila Chaher, ni ninguna ingeniería interna que trate al afiliado como espectador. El afiliado no es furgón de cola: es accionista político del movimiento. Y cuando al accionista lo vacían de poder, el proyecto se queda sin legitimidad y sin futuro.
El dato político es brutal y debería doler donde corresponde: el pueblo jujeño —que históricamente tuvo tradición peronista— terminó votando a Javier Milei en gran medida como voto rechazo a las cúpulas, a la impostación, a la distancia moral entre dirigentes y realidad. Ese voto no fue amor; fue hartazgo. Y mientras las cúpulas discuten el control del sello, la gente discute el plato, el alquiler, el trabajo y el futuro de sus hijos.
Acá está el punto que nadie quiere asumir: las cúpulas no sangran. Sangra el pueblo jujeño.
Sangra cuando el peronismo pierde y deja de ser alternativa. Sangra cuando la justicia social se vuelve una palabra vieja, pronunciada en actos, pero ausente en la mesa familiar. Sangra cuando la política se vuelve un club de privilegios, cargos y rosca, en lugar de ser una herramienta de servicio.
Entonces, ¿qué hay que hacer? Lo primero es dejar de fingir. Abandonen la impostación. Abran el juego democrático. No se pide un favor: se exige un derecho. El afiliado debe poder elegir con reglas claras, padrón transparente, junta electoral creíble, cronograma público y debates abiertos. Porque el problema no es quién gana: el problema es que hoy no se cree.
Y junto con reglas, hace falta algo todavía más decisivo: un programa en la mano, ahora, no después. El jujeño está cansado de promesas a 2027. Quiere medidas de efecto inmediato, incluso sin ser gobierno todavía: organización territorial seria, equipos técnicos trabajando, control ciudadano, auditorías sociales, propuestas de empleo joven, asistencia productiva a economías regionales, acompañamiento real a quien emprende, estrategias contra la pobreza que no sean discursos, sino dispositivos concretos y medibles.
El trasvasamiento generacional —del que tanto se habla— no ocurre por biología. Ocurre por coraje político. Y el peronismo tiene que parir una nueva generación, pero no para repetir consignas: para administrar los nuevos tiempos. Una generación que entienda tecnología, economía real, empleo privado, transparencia, datos, gestión, y que se anime a decir lo que muchos murmuran: si alguien no está en condiciones de comprender esta etapa, que dé un paso al costado. No para humillarlo; para cuidar al movimiento. Porque el vehículo electoral no puede ser un salvavidas de privilegios: tiene que ser un instrumento de mayorías.
La salida no es romper: la salida es democratizar.
La salida no es expulsar militancia: es ofrecer legitimidad.
La salida no es esconder el conflicto: es resolverlo con reglas.
Y la salida no es esperar: es actuar.
Si el PJ jujeño quiere volver a ser una esperanza, tiene que volver a ser del pueblo. Con afiliados empoderados. Con decisión popular. Con un programa en marcha. Y con una verdad simple que ordena todo lo demás:
En un partido popular, decide la gente.
