Perico Noticias, 12 de febrero del 2026 // La discusión de la reforma laboral dejó una verdad incómoda: oficialismo, oposición y sindicalismo llegaron tarde al problema central de la Argentina real —crear trabajo de calidad e ingresos dignos—. El Gobierno eligió la vía del “derrame” con baja de costos laborales; la oposición rechazó, pero sin un programa de empleo del siglo XXI; y el sindicalismo defendió derechos (los propios), aunque sin renovar estrategia para los nuevos mundos del trabajo. En Jujuy, donde la precariedad es estructural, el debate ya no puede postergarse.
La media sanción en el Senado no fue solo un trámite legislativo. Fue una radiografía brutal del sistema político argentino.
Mientras el oficialismo celebró su avance, quedó a la vista que nadie llegó al recinto con una arquitectura integral y moderna para resolver empleo, productividad y salarios en simultáneo.
El oficialismo: bajar costos, esperar inversiones
La apuesta libertaria es conocida: desregular, flexibilizar, reducir rigideces y confiar en que el capital privado traccione empleo. Esa lógica puede aliviar costos empresariales en el corto plazo, pero no garantiza por sí sola más trabajo formal ni mejores ingresos en una economía de alta volatilidad y bajo crédito productivo.
En términos concretos, se traslada riesgo al trabajador con la promesa de una expansión futura que todavía no tiene evidencia contundente de escala.
La oposición: crítica correcta, propuesta incompleta
El peronismo —y buena parte del arco opositor— acertó al señalar regresiones en derechos. Pero no logró instalar una hoja de ruta convincente para las demandas del siglo XXI: reconversión tecnológica, empleo joven, reinserción de mayores de 45/50, formalización de la economía popular y productividad pyme con inclusión.
Oponerse sin alternativa consistente deja un vacío político que termina ocupando el ajuste.
Sindicalismo: defensa firme, renovación pendiente
El sindicalismo argentino mantiene capacidad de movilización y defensa de conquistas históricas. Pero el mercado laboral cambió más rápido que su innovación institucional.
La agenda de representación hoy exige discutir también trabajo en plataformas, nuevas habilidades, empleo intermitente, productividad sectorial y protección portable. Sin esa actualización, la defensa puede ser legítima, pero insuficiente.
Jujuy: la urgencia de un pacto propio de empleo
En Jujuy, el debate es todavía más delicado. La provincia arrastra un núcleo duro de precarización y vulnerabilidad laboral que no se resuelve con slogans nacionales ni con parches de temporada.
Si además se toma como referencia el estancamiento del empleo formal frente al crecimiento poblacional que distintos análisis vienen advirtiendo, el cuadro exige una reacción política local inmediata: acuerdo de desarrollo productivo + formación laboral + incentivos a la formalización + metas medibles por sector.
Sobre el dato de “desempleo real” superior al que reflejan los indicadores tradicionales, hay una discusión metodológica abierta: la EPH mide aglomerados urbanos y puede no capturar toda la fragilidad del interior profundo. Por eso, más que pelear cifras sueltas, Jujuy necesita un tablero propio que combine desocupación, subocupación, informalidad e ingresos reales para decidir política pública con precisión.
La pregunta que incomoda: ¿habrá autocrítica en Jujuy?
En el Senado se escucharon al menos algunos gestos de autocrítica. La pregunta estratégica ahora es si Jujuy tendrá la madurez de hacer lo mismo: oficialismo, oposición, sindicatos, cámaras empresarias, universidades y municipios sentados en una mesa única para discutir empleo de verdad.
Porque el problema ya no es ideológico. Es existencial: sin trabajo digno y estable, no hay movilidad social; sin movilidad social, no hay paz social duradera.
La reforma laboral seguirá su curso en Diputados. Pero el desafío de fondo no se vota en una noche: se construye con liderazgo, creatividad y coraje para reconocer que la política, en esta década, quedó en deuda con quienes dice representar.
