La escena es tan brutal que casi produce pudor ajeno: el mismo espacio político que construyó su identidad denostando “la maquinita” ahora la enciende a máxima potencia y le cambia el rótulo para que duela menos. Donde ayer se prometía emisión cero, hoy se anuncia “remonetización”. Donde se juraba un crawling peg eterno del 1% mensual, ahora se indexa el dólar por inflación. El discurso libertario se deshace en tiempo real, mientras el Fondo Monetario Internacional y Wall Street se quedan con el control efectivo de la economía argentina.
Traducido al idioma de la calle: el BCRA va a volver a emitir pesos para comprar reservas, los bancos van a expandir crédito y la base monetaria va a crecer fuerte. El manual dice que eso se hace cuando confiás en que la gente va a demandar más pesos. Pero la realidad argentina es otra: una sociedad que ahorra en dólares, una economía que lleva años sin crecer y un nivel de endeudamiento privado récord. Nueve de cada diez argentinos están refinanciando tarjeta, cuotas o créditos. Es el “voto cuota” funcionando a pleno.

En este contexto, apostar a que los argentinos abracen el peso es, como mínimo, una ingenuidad peligrosa. Y cuando a esa apuesta se le suma la decisión de ajustar el tipo de cambio en línea con la inflación, lo que se está haciendo en los hechos es alimentar las expectativas de devaluación futura. Si los agentes económicos anticipan que el dólar oficial subirá al mismo ritmo que los precios, el incentivo es claro: cubrirse antes, remarcar antes, dolarizarse antes. La profecía autocumplida está servida.
El economista Diego Giacomini lo dijo sin anestesia: esto ya se hizo entre 2024 y 2025 y terminó mal. Mucha emisión, rebote del dólar, inflación que deja de bajar, recurrir primero al FMI, después a swaps y a paracaidistas financieros como Scott Besent para sostener artificialmente la candidatura de Milei. Un rescate quirúrgico que le dio aire político al oficialismo en el corto plazo, pero que dejó en claro quién manda de verdad: los acreedores externos.
Hoy el cuadro es todavía más frágil. Nadie le presta voluntariamente a la Argentina, la credibilidad del gobierno está perforada y cada anuncio que se pretendía “para siempre” (emisión cero, crawling del 2%, luego del 1%) se revisa a los pocos meses. Milei y Caputo han dilapidado su capital reputacional a fuerza de contradicciones. El mercado toma nota: cuando un gobierno cambia de régimen monetario como quien cambia de corbata, el riesgo país no baja por decreto ni por cadena nacional.
El problema de fondo es que esta “remonetización” no viene acompañada de un plan de desarrollo productivo ni de una estrategia exportadora con valor agregado. Es emisión para comprar dólares y mostrar reservas, no para financiar una transformación estructural. Es la misma lógica de siempre, ahora barnizada con terminología libertaria: se socializan los costos vía licuación salarial e inflación, mientras se privatizan las oportunidades para los grandes jugadores financieros que entran y salen a tiempo.
La paradoja es cruel: el gobierno que acusaba de “saqueadores” a todos los anteriores reproduce exactamente los mismos mecanismos que criticaba. El ajuste lo sigue pagando el pueblo a través de salarios pulverizados, tarifas dolarizadas y un sistema impositivo que recae con fuerza sobre el consumo masivo. En paralelo, los compromisos con el FMI se honran al centavo, aun a costa de paralizar obras públicas, recortar transferencias a provincias y dejar al NOA y al interior profundo a la intemperie.

El Fondo Monetario tiene hoy más poder sobre la economía argentina que el propio Congreso. Define la velocidad del ajuste, la pauta cambiaria, la meta de reservas y la orientación de la política monetaria. Milei y Caputo ejecutan, explican, maquillan. Pero el diseño ya no está en Buenos Aires. El famoso “no hay plata” no es otra cosa que la traducción política de un mandato externo: primero se paga la deuda, después se discute si queda algo para desarrollo, ciencia, educación o infraestructura.
Lo dramático es que, pese a este cuadro, el sistema político no logra articular una alternativa sólida. La oposición aparece fragmentada, encapsulada en internas y mezquindades, incapaz de construir un relato económico serio que dispute el sentido común instalado. Mientras tanto, el oficialismo resignifica su propia marcha atrás como si fuera una genialidad técnica: emisión rebautizada como “remonetización”, inflación con otro nombre, flotación que en realidad es indexación.
El resultado es un Poder Ejecutivo devaluado, un Banco Central subordinado al FMI y una sociedad exhausta, atrapada entre la hipoteca en dólares del Estado y la hipoteca en pesos de las familias. El rey está desnudo: el experimento libertario ya no se sostiene ni siquiera en su propio relato fundacional. Queda la cruda realidad de un país que vuelve a encender la maquinita mientras promete exactamente lo contrario.
En este escenario, el horizonte 2026 se llena de nubarrones: vencimientos externos abultados, necesidad de más ajuste para cumplir con el Fondo, riesgo de espiralizar el tipo de cambio y la inflación si la “remonetización” se desborda. Lo que se anuncia como salida ordenada puede terminar en un nuevo ciclo de devaluación, recesión y pobreza récord. El que a hierro mata, a hierro muere: quien llegó al poder prometiendo dinamitar la casta y disciplinar al mercado hoy aparece disciplinado por los mismos intereses que decía combatir.
La pregunta de fondo ya no es solo económica, sino política y ética: ¿hasta cuándo va a tolerar la sociedad argentina que los cambios de etiqueta reemplacen a los cambios de rumbo? Llamar remonetización a la emisión no cambia el impacto en el bolsillo. Rebautizar la flotación no modifica la volatilidad diaria del dólar. Es hora de dejar de creer en milagros financieros y empezar a discutir, con madurez, un modelo de país que no dependa exclusivamente del humor de Washington, del FMI ni de los traders de Wall Street.
Mientras eso no ocurra, la maquinita seguirá girando, el poder real seguirá fuera de nuestras fronteras y la Argentina continuará atrapada en el mismo péndulo errante: de la ilusión al ajuste, del ajuste a la crisis, de la crisis al próximo salvador de turno.
