Perico Noticias, 18 de febrero del 2026 // El cierre de FATE no es un titular más: es una señal de alarma en una economía donde ya cerraron miles de pymes y el empleo real se achica. En la víspera del tratamiento de la reforma laboral, la imagen es brutal: se pretende “flexibilizar” cuando el problema principal es otro—estanflación, falta de demanda, caída de actividad y un modelo importador sin red. La crítica de Carlos Melconián agrega el dato político más delicado: el Gobierno no genera confianza, no explica horizonte ni programa, y termina consolidando un país donde “la mitad está parada” mientras solo caminan sectores con ventajas (RIGI, recursos naturales). El riesgo es claro: aún si la reforma se aprueba, puede convertirse en una victoria pírrica y el inicio del desgaste definitivo.
Hay un instante en que un gobierno deja de discutir ideología y empieza a discutir realidad. FATE cerró. Y con ese cierre se pincha algo más que una planta: se pincha el relato de que “todo se ordena solo”, de que abrir importaciones sin red productiva es “modernización”, de que ajustar hasta el hueso es “transición” y de que la inflación va a cero en junio como si la economía fuera un Excel sin gente adentro.
No lo es. Y lo que viene ocurriendo en Argentina no es una corrección quirúrgica: es una hemorragia industrial.
FATE —emblema, cadena de servicios, empleo directo e indirecto— cae en la antesala del tratamiento de la reforma laboral. ¿Casualidad? No. Es un símbolo de época. Porque la reforma laboral se presenta como llave maestra del “empleo”, pero el problema de fondo hoy no es el costo laboral: es la falta de demanda, la capacidad instalada al 30/40% en miles de empresas y una economía partida donde una mitad se mueve por ventajas específicas y otra mitad cruje en silencio.
Melconián lo dijo con una honestidad quirúrgica: esto huele a estanflación. Y cuando un país entra en estanflación, las discusiones fetiche se vuelven irrelevantes: si la inflación empieza con 0, con 2 o con 5, el drama es que el nivel de actividad no rebota de verdad y la confianza no aparece. El Banco Central compra dólares, sí, pero no por un “círculo virtuoso”, sino porque las importaciones languidecen cuando el consumo y la producción se frenan. Ese detalle —duro, técnico, callejero— es el tipo de verdades que el Gobierno no quiere decir.
Porque admitirlo implicaría algo que este oficialismo evita como la peste: reconocer errores.
Y este es el punto político más peligroso: el Gobierno no solo ajusta; ajusta sin horizonte explícito. No termina de decir qué quiere: si es un plan de estabilización, un experimento de prueba y error, un esquema financiero, o una estrategia productiva. No hay narrativa de transición con plazos, etapas y amortiguadores. Hay un tono de pelea permanente, un “gladiadorismo” comunicacional, un país tratado a gritos. Y eso no construye confianza: la destruye.
Mientras tanto, la economía real hace lo que hace la economía real cuando la empujás al borde: cierra. Primero las pymes, después las medianas, y finalmente cae un emblema. Y cuando cae un emblema, no solo se pierde empleo: se pierde moral social. La moral es un activo económico. Un país sin moral invierte menos, consume menos, emprende menos y se refugia más en el dólar, en la deuda, en la supervivencia.
La película que el Gobierno no previó —o decidió ignorar— es esta: abrir importaciones sin un programa simultáneo de baja de impuestos, crédito, productividad, tipo de cambio consistente y reconversión real produce lo que estamos viendo: ganadores concentrados y perdedores masivos. Y en esa dinámica, la reforma laboral puede ser votada mañana, pero será, en el mejor de los casos, un parche que no cambia el cuadro. En el peor, será la chispa que encienda el rechazo social mayoritario y marque el principio del fin político del experimento.
Porque la Argentina está partida. Y cuando un país está partido, gobernar es recomponer, no provocar. Es sumar confianza, no dinamitar puentes. Es discutir un modelo productivo, no solo un esquema financiero.
El cierre de FATE es una advertencia: el modelo hace agua. Y cuando un barco hace agua, no se discute si la pintura es liberal o keynesiana: se tapa la vía, se cambia el rumbo, se salva a la tripulación.
Lo que está en juego no es un debate técnico: es el contrato social. Si el Gobierno insiste en negar la evidencia, la evidencia no se va a ir. Se va a multiplicar. Y cada cierre nuevo no será solo una empresa: será un voto menos, una familia más endeudada, una ciudad más apagada.
La pregunta ya no es si el modelo “va”. La pregunta es cuántos cierres más está dispuesto el país a tolerar antes de decir, con crudeza adulta: por acá, no era.
