Silencio violeta en el derrumbe: cuando la “antiinflación” es solo recesión y deuda

Silencio violeta en el derrumbe: cuando la “antiinflación” es solo recesión y deuda

Perico Noticias, 14 de enero del 2026 // El Gobierno nacional festeja el 2,8% de inflación de diciembre como si fuera una copa del mundo. Es cierto: el número luce “presentable” en la vidriera. Pero en el back office de la economía real —el de los changuitos más chicos, las persianas bajas y las familias pateando vencimientos— ese dato no cuenta la película completa. El 2025 cerró con una inflación interanual cercana al 31,5% y, lo más delicado, con una dinámica ascendente en el tramo final del año, lo que erosiona el relato de “desinflación irreversible”.

Y ahí aparece el problema político: los concejales y diputados libertarios no pueden defender una catástrofe económica cuando la “bajada” se compra con recesión, licuación y endeudamiento doméstico. No discuten herramientas, no proponen amortiguadores sociales, no se plantan ante la destrucción del aparato productivo: se limitan a militar un Excel. Esa docilidad —más estética que gestión— deja a la sociedad sin representación útil para un objetivo básico: desarrollarse sin romper el tejido social.

La evidencia más contundente no está en un gráfico de inflación: está en la morosidad. En 2025, la irregularidad del crédito trepó a niveles récord, con indicadores de mora total cercanos al 4,5% y, en familias, alrededor del 7,8% (con subas sostenidas durante meses). Traducido: la inflación “baja” mientras el hogar se endeuda para comer, para viajar a trabajar, para sostener servicios, para sobrevivir. Es un modelo que cambia inflación por mora; estabilidad aparente por fragilidad real.

Por eso la meta del Presupuesto 2026 —una inflación anual proyectada en torno al 10,1%— hoy parece directamente inalcanzable. No hace falta ser adivino: si la nominalidad vuelve a empujar (tarifas, combustibles, alimentos y el propio reacomodamiento de precios relativos), el número “bonito” se rompe. Y cuando se rompe, la receta habitual del oficialismo es ajustar más: provincias, obra pública, salud, educación, transferencias, salarios indirectos. El ajuste baja por la escalera y siempre termina golpeando donde duele: los más vulnerables y las economías regionales.

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En este punto, el libertarismo territorial queda atrapado en una contradicción: si reconoce el daño, traiciona el marketing; si lo niega, confirma que no está para gobernar sino para aplaudir. Y el ciudadano lo registra: una cosa es pedir austeridad; otra muy distinta es naturalizar un país donde la gente financia el consumo con deuda y vive con estrés financiero permanente. La paz social, en ese contexto, no es estabilidad: es agotamiento. Pero el agotamiento no es infinito.

Lo más delicado —y acá está el nudo de 2027— es que la política puede intentar reemplazar el fracaso económico por épica emocional. Si no hay prosperidad, se buscará identidad; si no hay salarios, se buscará bandera; si no hay inversiones, se buscará enemigo. Y en ese terreno, los libertarios tienen una herramienta potente: el alineamiento internacional como show de pertenencia. Pero ningún alineamiento tapa la heladera. Ninguna narrativa externa paga la tarjeta. Ninguna consigna hace producir a un país que está apagando su motor.

Argentina no necesita “bajar la inflación” como slogan. Necesita un programa integral: productividad, crédito sano, tasas compatibles con inversión, y un puente social que evite que la macro se construya sobre la espalda rota de los hogares. Hasta que eso no ocurra, los concejales y diputados libertarios seguirán en la peor posición posible: defendiendo lo indefendible, mientras la calle —silenciosa por cansancio— acumula razones para despertar.

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