Tapar la basura con sonrisas nuevas: la farsa electoral de los partidos tradicionales

Tapar la basura con sonrisas nuevas: la farsa electoral de los partidos tradicionales

¿Qué es lo que más te preocupa hoy en Jujuy?

La escena se repite como un mal hábito que ya no sorprende pero sí indigna: los partidos tradicionales de Jujuy, con décadas de desgaste a cuestas, intentan un nuevo truco para evitar la derrota que se les viene encima. Como si el problema fueran los nombres y no las políticas, como si bastara cambiar las caras para lavar las culpas, presentan a «caras nuevas» como cabezas de listas, vendiéndolas como una bocanada de aire fresco en un sistema que huele a podrido.

Pero el votante jujeño no es ingenuo. No lo fue cuando castigó con su indiferencia a gestiones plagadas de promesas incumplidas. No lo fue cuando rechazó el discurso de la moral institucional usado como coartada para acumular poder. Y no lo será ahora, cuando pretende vendérsele una renovación estética que no cambia ni una coma del guion de los que llevan años saqueando la confianza pública.

El Frente oficialista —heredero directo del radicalismo que hace más de una década gobierna la provincia— reaparece con una retórica de transformación, mientras su aparato sigue intacto y sus prácticas políticas siguen fosilizadas. Del otro lado, el Partido Justicialista, cada vez más fragmentado y reducido a una sombra de lo que fue, ofrece candidatos que ni sus propias bases reconocen con entusiasmo. Ambos bloques, lejos de asumir responsabilidades, han decidido jugar a la metamorfosis superficial: cambian los nombres, pero no los métodos, las estructuras, ni mucho menos los intereses de fondo.

Esta estrategia, diseñada en escritorios donde el cinismo se mezcla con la desesperación, no hace más que subestimar al pueblo. Creen que con marketing alcanza, que un rostro joven borra décadas de ineficiencia, corrupción y abandono. Pero el electorado ya no compra espejitos de colores: no quiere más títeres, quiere una refundación. Y es ahí donde esta táctica, lejos de sumarles votos, los condena.

Los sellos partidarios están agotados. Las instituciones, colonizadas por intereses mezquinos, ya no representan a nadie más que a sí mismas. Y las gestiones, tanto provinciales como municipales, no pueden tapar su mediocridad con jingles ni afiches. El hartazgo social es profundo, no solo con los políticos, sino con la política tal como fue degradada por estos mismos actores que hoy intentan disfrazarse de novedad.

La maniobra de las “caras nuevas” no es audaz, es desesperada. Es el último intento por maquillar la perpetuidad, por disfrazar la continuidad con gestos de cambio. Pero ese disfraz ya se rompió. La gente está viendo el teatro desde la platea y no aplaude, abuchea. La crisis no solo es económica, es simbólica. Y cuando la política pierde el sentido, lo que queda es el repudio.

El resultado de esta elección será una lección para todos. Una lección que los partidos tradicionales están a punto de recibir con la fuerza de la historia. Porque en Jujuy ya no alcanza con maquillar la decadencia. El pueblo quiere barrer, no tapar la basura. Y esta vez, no perdonará el engaño.

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