Perico Noticias, 7 de enero del 2026 //La grieta emergente ya no es izquierda-derecha. Es imperio versus anti-imperio. Es soberanías versus tutela. Es la vieja discusión sobre democracias, pero en un tablero donde la palabra “democracia” empieza a funcionar como marca, no como regla. La secuencia venezolana —captura del presidente Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses, anuncio de control operativo del país “hasta una transición” y un cerco energético que ya se traduce en interdicción marítima— instaló un hecho simple y brutal: la ley del más fuerte volvió al centro de la escena, sin pedir disculpas.
En ese nuevo orden, Washington no “sanciona”: ejecuta. El episodio del petrolero ruso-bandera “Marinera” (ex “Bella-1”), incautado en el Atlántico Norte tras una persecución de semanas —con denuncias rusas de “piratería” y reclamos sobre derecho marítimo— marca un precedente de época: las sanciones dejan de ser una nota diplomática y se convierten en acciones físicas sobre activos. La geopolítica entra en modo operativo: rutas, barcos, cargas, puertos. En paralelo, Trump anunció que Venezuela entregaría hasta 50 millones de barriles para venderlos a precio de mercado y que él controlaría los ingresos, presentándolo como “beneficio” para el pueblo venezolano y para EE.UU. El mensaje no es sutil: el recurso manda, la institucionalidad acompaña si sirve.
Ahí nace la grieta global. Del lado “imperio” se ordena un relato de estabilización: “si baja el petróleo, baja la inflación; si baja la inflación, baja la tasa; si baja la tasa, sube la economía”. Es el argumento de la eficacia: el mundo, dicen, necesita un sheriff. Del lado “anti-imperio” se construye el relato contrario: si una potencia captura líderes, administra países y toma control de flujos energéticos, entonces la ONU, la OTAN, los tratados y los principios se vuelven decorado. No porque desaparezcan en el papel, sino porque pierden su poder de freno. En ese punto, las democracias quedan expuestas a su contradicción íntima: ¿qué valen las reglas cuando el árbitro juega?
La palabra “anticristo” que asoma en el clima social no es teología: es metáfora de un miedo profundo. Miedo a que la ética pública sea reemplazada por una moral de mercado: lo correcto es lo que rinde; lo legítimo es lo que funciona. Cuando una operación militar se explica por el precio del barril y por el control de exportaciones, el ciudadano común entiende otra cosa: que el mundo se está convirtiendo en un club de accionistas donde la soberanía es un activo a comprar, y la política, una administración de daños. Esa sensación alimenta la mitificación de élites: ya no se las acusa por “privilegios”, se las imagina como “castas” que no sufren consecuencias, que se mueven por encima de la ley, que siempre caen paradas.
Lo más inquietante es que esta grieta no solo ordena opiniones: ordena alineamientos. Los gobiernos periféricos sienten que deben elegir rápido: o se pliegan al hegemón y compran protección financiera, o se aferran a la soberanía y pagan el costo de quedar fuera del crédito, del comercio y de los flujos energéticos. En ese dilema, América Latina aparece desnuda: mucha épica, poca capacidad de imponer condiciones. Y cuando la región no impone condiciones, la condición la impone otro. Por eso Venezuela es un punto de inflexión: no es “un país”, es una demostración de método.
El problema de fondo es que el imperio, cuando se instala como idea aceptable, no necesita mentir demasiado: solo necesita mostrar resultados. Si el combustible baja, si Wall Street festeja, si la inflación se calma, el método se normaliza. Y cuando se normaliza, se exporta. Hoy es petróleo y sanciones; mañana pueden ser minerales críticos, corredores logísticos, infraestructuras, datos. En ese mundo, la libertad existe, sí, pero con letra chica: libertad para los que están adentro del sistema; austeridad y obediencia para los que quedan afuera.
La grieta, entonces, no es solo política: es civilizatoria. Trump, como figura, concentra algo más grande que una presidencia: concentra el retorno explícito de la fuerza como argumento y del negocio como brújula. Y del otro lado, el anti-imperio todavía no encuentra una herramienta eficaz que no sea la denuncia. Esa asimetría es el corazón de esta época: uno administra el presente con hechos; el otro administra el futuro con advertencias. En el medio, quedamos los demás, intentando que la soberanía no sea una palabra romántica y que la democracia no sea solo un eslogan de campaña.
