Perico Noticias 4 de enero del 2026 // El mundo cruzó una frontera silenciosa. No hubo declaración formal, ni cumbre extraordinaria, ni consenso multilateral. Simplemente ocurrió. La soberanía dejó de ser un principio y pasó a ser una excepción. En su lugar, volvió la lógica más antigua y brutal de la política internacional: zonas de influencia, poder duro y obediencia estratégica.
Estados Unidos, Rusia y China ya no discuten reglas: ocupan espacios. Cada uno a su manera, con su lenguaje, su relato y su arsenal. Pero el resultado es el mismo. El mapa global se redibuja como en el siglo XX, solo que con tecnología del siglo XXI y sin el pudor diplomático de antes.
La ONU ya no ordena: observa
La Organización de las Naciones Unidas sobrevive como un decorado institucional. Convoca, emite comunicados, pide moderación. Pero no condiciona. No frena guerras, no impide intervenciones, no arbitra conflictos reales. En el nuevo tablero, la ONU es un foro de opinión; el poder se ejerce afuera.
Cuando las grandes potencias deciden avanzar, nadie pregunta si está permitido. Se pregunta si es posible, si conviene y si el costo es tolerable. El derecho internacional quedó subordinado al cálculo geopolítico.
Tres imperios, un mismo método
Estados Unidos vuelve a ejercer hegemonía directa en su “área natural”: América Latina. No negocia liderazgo, lo reafirma. Interviene, condiciona, gobierna transiciones. La Doctrina Monroe no murió: se actualizó.
Rusia avanza sobre Ucrania no solo por territorio, sino por mensaje: Europa no decide sola su seguridad. Cada kilómetro ganado es una advertencia a la OTAN y una demostración de fuerza interna.
China, con paciencia estratégica, prepara el movimiento más delicado: Taiwán. No necesita apuro. Sabe que el mundo ya aceptó la lógica de los bloques. Solo espera el momento en que el costo político sea menor que el costo de no hacerlo.
Tres imperios. Tres frentes. Un mismo manual: el mundo se gobierna por poder, no por normas.
América Latina: vuelve a ser territorio
En este reparto global, América Latina no aparece como sujeto, sino como escenario. Recursos naturales, energía, alimentos, litio, agua. Todo lo que el mundo necesita en crisis, la región lo tiene. Y todo lo que se necesita en crisis, se controla.
No importa el color político de los gobiernos. Importa su alineamiento. Importa si garantizan estabilidad, previsibilidad y acceso. Cuando no lo hacen, son reemplazables. No necesariamente con golpes clásicos, sino con asfixia financiera, presión diplomática o “transiciones administradas”.
La soberanía, en este contexto, se vuelve una palabra incómoda. Se la nombra en discursos, pero se la negocia en la práctica.
Ucrania, Taiwán, Venezuela: el mismo libro
Creer que estos conflictos son aislados es el mayor error analítico. Son capítulos del mismo proceso histórico. Un mundo que deja atrás la ilusión del orden global y entra en una fase de realismo extremo.
Las democracias ya no se miden por valores universales, sino por utilidad estratégica. Los derechos humanos se invocan cuando sirven; se silencian cuando estorban. La ética internacional se volvió selectiva.
El miedo como nueva política global
Este escenario explica el clima que se expande: incertidumbre, repliegue, miedo económico. Los mercados reaccionan, los capitales se refugian, los Estados ajustan. La política internacional se volvió un factor directo de la vida cotidiana.
Sube la energía, sube la inflación, cae el consumo. No por errores locales solamente, sino porque el mundo entró en una fase de tensión permanente.
Realismo crudo, sin épica
No es una guerra mundial. Es algo más complejo y más peligroso: un mundo sin árbitro. Donde manda el más fuerte, el más rápido o el más decidido.
La soberanía no desapareció del todo, pero ya no está garantizada. Se defiende con poder, con alianzas reales y con capacidad de negociación. El resto queda a merced del reparto.
América Latina vuelve a ser territorio. No porque retrocedió, sino porque el mundo avanzó hacia atrás.
