Después de Venezuela, nada será igual: ¿murieron las democracias en el siglo XXI?

Después de Venezuela, nada será igual: ¿murieron las democracias en el siglo XXI?

Perico noticias 4 de enero del 2026 // Venezuela no fue “una noticia más”. Fue un parteaguas. El tipo de hecho que, cuando baja la espuma, deja una frase clavada en la historia: a partir de acá, el mundo funciona distinto.

Porque lo ocurrido no discute solo un gobierno. Discute el método. Discute la regla. Discute el corazón mismo del orden moderno: que los conflictos se resuelven con instituciones, que la soberanía es inviolable, que la legalidad internacional manda, que las democracias se consolidan con votos y no con fuerza.

Y hoy esa narrativa cruje.

Democracia liberal: ¿modelo en retirada o máscara de ocasión?

Durante décadas se vendió una promesa global: más democracia traería más prosperidad y más estabilidad. Pero el siglo XXI trajo otra dinámica: la democracia como procedimiento se mantuvo; la democracia como pacto moral se degradó.

Elecciones hay. Lo que falta es lo decisivo:

  • independencia real de poderes,
  • transparencia efectiva,
  • límites claros al dinero y la propaganda,
  • y un contrato social donde el ciudadano sienta que decide algo.

En demasiados países, la democracia se volvió un trámite: votar para legitimar un rumbo que ya viene escrito por afuera.

El nuevo evangelio del poder: estabilidad, recursos y control

Venezuela expone el núcleo duro del tiempo presente: la política internacional dejó de discutir valores y pasó a discutir seguridad y rentabilidad.

La pregunta que ordena al mundo ya no es “¿es legítimo?”, sino:

  • ¿sirve?
  • ¿estabiliza?
  • ¿garantiza recursos?
  • ¿reduce riesgos sistémicos?

Cuando el mundo entra en ese modo, la democracia liberal queda en desventaja: es lenta, discutidora, conflictiva, imperfecta. Y los poderes duros —estatales o corporativos— no aman la demora. Aman el resultado.

La soberanía, en oferta

El golpe más visceral de esta etapa no es ideológico: es psicológico. Es el mensaje que reciben millones de personas:

“Podés tener bandera, himno y elecciones… pero si estorbás, te administran.”

Ese es el shock. No importa si sos de derecha o de izquierda. Es una herida transversal: la soberanía se vuelve negociable.

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Y cuando la soberanía se negocia, la democracia también. Porque sin soberanía, el voto es un ritual local en un tablero global controlado por otros.

La Generación Z y el “contrato frío”

Acá aparece un fenómeno decisivo: amplias franjas jóvenes ya no exigen épica democrática. Exigen vida posible.

Trabajo. Proyección. Seguridad. Tiempo. Acceso. Tecnología. Futuro.

Si el sistema democrático no entrega eso, muchos están dispuestos —aunque no lo digan con esas palabras— a aceptar un “contrato frío”:

“No me importa quién manda, mientras yo pueda crecer.”

Es durísimo, pero real. Y explica por qué los relatos de “orden” y “eficiencia” ganan terreno incluso cuando recortan libertades. La libertad abstracta pierde contra la angustia concreta del día a día.

Legalidad internacional: el sistema que se apaga

El derecho internacional, como la ONU, se parece cada vez más a un museo: conserva conceptos valiosos, pero ya no ordena la realidad.

La fuerza volvió a ocupar el centro, y con ella la lógica del siglo XX:

  • áreas de influencia,
  • gobiernos tolerables o reemplazables,
  • y transiciones “administradas” con un barniz de legitimidad.

Democracia, sí… pero solo si no incomoda.

Entonces, ¿murieron las democracias?

No murieron. Pero están entrando en una etapa peligrosa: la democracia como forma queda; la democracia como poder real se reduce.

Lo que nace es un mundo donde muchos países tendrán elecciones, parlamentos y constituciones… mientras las decisiones de fondo —energía, moneda, seguridad, alineamientos— se deciden en otro nivel.

Y ese es el punto más punzante: podemos estar entrando en una era de democracias “escenográficas”. Democracias que funcionan en cámara, pero no en la mesa donde se reparte el poder.

La salida: ética o cinismo

Si esto va a cambiar, no será con slogans. Será con una reconstrucción más incómoda y profunda:

  • Estados con base moral para exigir sacrificios sin privilegios.
  • Instituciones con credibilidad y rendición de cuentas.
  • Economías con movilidad social real, no promesas.
  • Una ciudadanía que no sea audiencia: que sea accionista de su destino.
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Venezuela deja una advertencia que quema: si la democracia no ofrece futuro, el futuro se buscará por cualquier vía. Y ahí, lo que muere no es un sistema: muere la confianza colectiva.

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