Perico Noticias, 2 de febrero del 2026 // En Texas, un golpe electoral encendió alarmas republicanas y, casi en simultáneo, volvió a circular la receta conocida: devolver dinero directo para recomponer humor social. En Japón, la primera ministra Sanae Takaichi empuja un IVA cero a los alimentos en clave de campaña, aun con el país cargando una de las mayores mochilas de deuda del planeta. En Argentina, Milei juega su propia tensión: discurso de “motosierra” con un Estado que, de hecho, sostiene a millones. La pregunta de fondo es brutal: ¿estamos ante una economía seria o ante un ciclo donde “todo vale” para llegar vivo a la próxima elección?
La derecha populista aprendió una lección que antes criticaba: cuando el termómetro social sube, no alcanza con la épica; hay que poner caja. En Estados Unidos, tras un revés que Reuters y otros medios leyeron como “wake-up call” para los republicanos en Texas, se reactivó el debate de “rebates” financiados con aranceles: Trump viene flotando la idea de devolver parte de la recaudación por tarifas a los hogares, aunque los números no cierran fácil y el propio esquema enfrenta resistencia política y dudas fiscales.
Ojo al detalle: el “número mágico” que circula no es unívoco. Hay ruido entre reembolsos impositivos promedio cercanos a US$4.000 y propuestas de rebates tipo US$2.000 por tarifa/arancel. La comunicación electoral mezcla ambos conceptos para construir un mensaje simple: “te devuelvo plata”.
Japón expone el mismo patrón con otro envase. Takaichi evalúa suspender/eliminar el impuesto al consumo sobre alimentos como promesa de campaña; la medida tiene efecto emocional inmediato (alivia el changuito), pero abre un agujero fiscal que los mercados miran con lupa.
Y lo hace un país que, según el FMI, mantiene una deuda pública altísima en relación a su PBI. Eso es lo que vuelve la apuesta más riesgosa: si el alivio no está financiado con productividad real, el costo aparece por otro lado (más deuda, más presión sobre tasas, más fragilidad).
En este tablero, Argentina no es espectadora: es plaza periférica. Si el mundo entra en modo “cheque y promesa” para sostener demanda y votos, el capital global se vuelve más impaciente, sube la prima por riesgo y se acorta la mecha del financiamiento. En el NOA eso no es teoría: es menos inversión productiva, menos empleo privado y más economía de subsistencia. Con dólar planchado y consumo erosionado, las economías regionales quedan atrapadas entre dos fuegos: costos que suben por la micro (tarifas, logística, crédito) y ventas que no despegan.
Milei, que construyó liderazgo prometiendo “fin del Estado como caja política”, choca con el límite clásico: cuando el tejido social cruje, el Estado aparece igual. Lo paradójico no es que exista asistencia —en una Argentina quebrada, sería irresponsable negar la emergencia—; lo paradójico es venderlo como “anti-socialismo” mientras la gobernabilidad real exige anclas sociales. Esa incoherencia es gasolina para el desencanto: el votante siente que le hablaron de una cosa y le administran otra.
Lo más delicado viene después: cuando el populismo de derecha entra en fase “te doy hoy”, suele hacerlo con lógica de campaña, no con lógica de desarrollo. Y ahí aparece el riesgo mayor para países dependientes: si Trump pierde aire en las “midterms”, o si Japón paga el costo de sus promesas fiscales en forma de turbulencia financiera, el “viento de cola político” que hoy sostiene a aliados periféricos se vuelve “viento cruzado”. En criollo: si Washington y Tokio se complican, el delegado local queda sin red.
La salida no es moralista (“derecha mala / izquierda buena”). La salida es profesional: reglas, productividad y empleo. El NOA no necesita relatos importados; necesita una agenda dura: infraestructura logística, energía a costo competitivo, crédito para pymes, cadenas de valor regionales y un Estado que deje de improvisar. Porque si la política global entra en modo “cheque para ganar”, las provincias pobres pagan doble: por el ajuste y por la ilusión.
