¿El mundo es de Trump? Venezuela como “evento fundador” del colapso institucional global

¿El mundo es de Trump? Venezuela como “evento fundador” del colapso institucional global

Perico Noticias, 6 de enero del 2026 // Lo de Venezuela ya no es “crisis regional”: es un stress test que desnuda la fragilidad del sistema internacional. En cuestión de días, EE.UU. ejecutó la captura de Nicolás Maduro y lo llevó a tribunales en Nueva York, mientras en Caracas Delcy Rodríguez juró como presidenta interina en una transición diseñada para “estabilidad” antes que para legitimidad. La ONU, lejos de celebrar, advirtió que la operación socavó un principio fundamental del derecho internacional y que el mundo es “menos seguro” si se normaliza la lógica de que los poderosos actúan unilateralmente. Ese es el punto bisagra: no es solo quién manda en Caracas, sino qué reglas siguen vigentes cuando el que tiene capacidad militar decide que el reglamento estorba.

El “efecto Venezuela” acelera una tendencia peligrosa: la devaluación hora a hora de los liderazgos políticos y de las instituciones multilaterales. No porque ONU u OTAN “desaparezcan” de un día para el otro, sino porque pierden el activo más valioso en geopolítica: autoridad. Cuando Naciones Unidas denuncia la vulneración del principio de no usar la fuerza contra la integridad territorial o independencia política de un Estado, está diciendo algo más brutal que un comunicado: está avisando que, si ese límite se rompe, nadie puede exigirle a Rusia o a China que respeten la carta cuando les convenga lo contrario. La consecuencia es un mundo donde la “democracia” queda como decorado y lo real pasa a ser el poder duro, la cadena de suministro, el petróleo, los minerales críticos y la capacidad de imponer hechos.

El corazón narrativo del nuevo paradigma es incómodo: Washington habría tomado decisiones no para “democratizar”, sino para administrar la transición con los leales al régimen como opción “más estable”. Según Reuters, un informe de inteligencia presentado a Trump concluyó que figuras del chavismo —incluida Delcy Rodríguez— eran las mejor posicionadas para evitar el caos si Maduro caía, lo que influyó en el apoyo a esa salida y no a la oposición. En paralelo, María Corina Machado —reciente Nobel de la Paz— elogia la intervención, pero cuestiona el liderazgo de Rodríguez y pide elecciones, mientras Trump la desestima por “falta de apoyo interno”. El mensaje global es tóxico: las urnas pasan a “fase 2”; primero se ordena el negocio, la seguridad y el control, después —si conviene— se habla de institucionalidad.

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Ahora sumemos el otro frente que convierte a Venezuela en detonador sistémico: Groenlandia. La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, advirtió que un ataque o toma de control estadounidense sobre Groenlandia equivaldría al fin de la OTAN, porque rompería el principio básico de que un aliado no puede agredir a otro. Esa frase es un misil diplomático: si el paraguas atlántico se fisura, Europa entra en pánico estratégico y el mundo asiste a la reescritura del orden posterior a 1945. No hace falta que EE.UU. mueva un soldado en el Ártico para que el daño exista: basta con que la amenaza sea creíble para que los socios miren de reojo, recalculen, se armen, se cubran y busquen alternativas.

En el medio, mientras se discute moral y legalidad, el mercado festeja. Tras la operación en Venezuela, los índices de EE.UU. subieron y las energéticas saltaron, con el Dow marcando récord, alimentado por la expectativa de reordenamiento de flujos de petróleo y poder. Es el capitalismo en su versión más cruda: el inversor no vota valores, vota escenarios. La bolsa no premia “democracia”, premia previsibilidad del ganador. Y si el ganador es el que tiene portaaviones, la lógica financiera se adapta. Esto no “prueba” que el plan sea correcto: prueba que el dinero sabe moverse incluso cuando el mundo se incendia.

Pero el costo humano y político aparece en el minuto siguiente: la represión interna, los colectivos armados patrullando, periodistas arrestados y una sociedad que pasa de la esperanza al miedo. Cuando un país es “reconstruido” sin contrato social real, la estabilidad suele ser una capa de barniz: por debajo queda un Estado policial o un conflicto latente. El problema de fondo es que, si se instala la idea de que la transición se administra con los “leales” para evitar el caos, el sistema multilateral queda como espectador y la ciudadanía como variable de ajuste.

Entonces, ¿el mundo es de Trump? La respuesta pragmática es esta: el mundo no es de Trump, pero el mundo está jugando al tablero que Trump impone. Y ese tablero no lo inventó él: lo aceleró. Es el tablero donde la ONU observa, la OTAN duda, los aliados recalculan, Rusia y China esperan el error, y los mercados monetizan el temblor. El “efecto Venezuela” no “desintegra” instituciones por decreto: las desvaloriza. Les baja el rating. Las deja sin capacidad coercitiva. Las transforma en foros de discurso, mientras las decisiones se toman en salas cerradas, con inteligencia, petróleo y balances.

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La pregunta final no es geopolítica: es civilizatoria. Si la democracia queda como fachada y la soberanía como mercancía, el mundo entra en una era donde ser país chico o periférico es jugar sin red. Y ahí, sí, la urgencia es global: o se reconstruye un mínimo consenso sobre límites —no usar la fuerza, no anexar, no imponer— o la “nueva normalidad” será una cadena de hechos consumados, cada vez más rápidos, cada vez más brutales, cada vez más rentables para algunos y más inviables para la mayoría. Venezuela fue el primer capítulo del año. La pregunta es cuántos capítulos más aguanta el planeta antes de que la palabra “orden” deje de significar instituciones y pase a significar, simplemente, dominación.

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