Perico Noticias, 12 de enero del 2026 // Irán no está “en un momento difícil”: está en una zona de peligro donde la política deja de ser discusión y pasa a ser supervivencia. Cuando en pocas semanas se combinan protestas masivas, represión, muertos, detenidos por miles e incertidumbre informativa, el país entra en un ciclo clásico de crisis: calle contra Estado, economía contra legitimidad, y seguridad contra futuro. Y lo peor: cuando un régimen se siente acorralado, suele optar por la herramienta que conoce mejor—la fuerza—porque es lo único que le da resultados inmediatos. El problema es que lo inmediato destruye lo estratégico.
Las cifras que circulan desde organizaciones de derechos humanos con base fuera de Irán ya hablan de más de 500 muertos y alrededor de 10.000 arrestos; Reuters atribuye esos datos a HRANA, y remarca que no pudo verificarlos de forma independiente, mientras el gobierno iraní no publica estadísticas oficiales. (Reuters) Ese detalle no es menor: cuando el Estado deja de producir números creíbles, la conversación pública se llena de vacío, y el vacío lo ocupa el miedo, la radicalización o el rumor. En términos de gestión de crisis, es el peor de los escenarios: sin métricas compartidas, no hay salida negociada.
Teherán, por su parte, sostiene el guion conocido: denuncia que enemigos externos infiltran “terroristas” y responsabiliza a factores extranjeros del estallido. Es una estrategia con lógica interna: si el conflicto se convierte en “defensa nacional”, el régimen busca reagrupar a su base, justificar el control, y elevar el costo político de protestar. Pero esa narrativa tiene fecha de vencimiento cuando la crisis nace de adentro—y más aún cuando arranca por el bolsillo. Medios internacionales reportan que las protestas empezaron con quejas por el derrumbe de la moneda/coyuntura económica y luego evolucionaron hacia desafíos más amplios al sistema.
En este punto entra Donald Trump con una jugada doble: dice que los líderes iraníes se contactan para explorar negociaciones nucleares, pero al mismo tiempo advierte que Estados Unidos contempla acciones “muy contundentes” e incluso sugiere la posibilidad de actuar antes de una reunión. Esa combinación—“hablamos, pero puedo golpear primero”—no es diplomacia clásica: es diplomacia de coerción. Se vende como presión para forzar concesiones rápidas, pero suele tener un efecto colateral: fortalece a los sectores duros del otro lado, que convierten cualquier negociación en “rendición”.
¿Entonces qué está pasando en realidad? Que el archivo histórico enseña una regla brutal: cuando un régimen atraviesa una crisis de legitimidad interna, el expediente nuclear y el conflicto externo se vuelven herramientas de control. No porque el conflicto sea inventado, sino porque sirve para reordenar prioridades: “primero la patria, después el pan”. Es una táctica de manual. Pero también es un búmeran: si la crisis interna se agrava y el frente externo escala, el país entra en “doble frente”, y ningún gobierno—ni siquiera uno altamente securitizado—sale ileso.
Hay un segundo factor que agrava todo: la tensión institucional en Estados Unidos. La noticia de que el Departamento de Justicia emitió citaciones de gran jurado vinculadas al testimonio del presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell, abrió un choque explosivo entre política y autonomía de la política monetaria. El propio Powell habló de “presión política directa e intimidación” y alertó sobre el riesgo histórico para la independencia del banco central. (Reserva Federal) ¿Por qué importa esto en una editorial sobre Irán? Porque cuando la principal potencia del mundo da señales de interferencia en sus instituciones clave, los mercados se vuelven más nerviosos, el dólar se vuelve más “político”, y los adversarios estratégicos interpretan grietas. Es un caldo de cultivo para errores de cálculo.
En términos de riesgo-país global, hoy se mezclan tres combustibles:
- Inestabilidad social profunda en Irán con saldo trágico y represión en aumento.
- Amenazas cruzadas: desde Teherán ya hubo advertencias de que fuerzas estadounidenses e Israel serían “objetivos legítimos” si Washington ataca.
- Volatilidad institucional en EE.UU., que erosiona el “ancla de previsibilidad” del sistema internacional.
Con esto, la pregunta no es si Irán puede “volver a la normalidad” pronto. La pregunta es más incómoda: ¿qué normalidad? Si la “normalidad” es represión sostenida, la economía seguirá deteriorándose, el talento joven se irá o se esconderá, y el régimen gobernará sobre un suelo cada vez más frágil. Si la “normalidad” es una negociación externa acelerada mientras arde la calle, el resultado suele ser un acuerdo sin respaldo social, fácil de romper y difícil de implementar.
La salida real exige tres cosas, todas difíciles:
- una desescalada represiva que habilite un canal político (sin eso, no hay puente);
- un paquete económico de supervivencia (porque la calle también come);
- y una diplomacia internacional que no convierta el conflicto interno en tablero de guerra.
Pero aquí aparece el límite: ese combo requiere liderazgo estratégico y costos a corto plazo. Y en crisis, la tentación es siempre la misma: resolver hoy con garrote, aunque mañana sea incendio.
Irán está en una esquina. Estados Unidos también muestra grietas propias. Y cuando dos actores con alto historial de desconfianza se mueven en modo “demostración de fuerza”, el mundo paga la prima: sube el riesgo, se frena inversión, se recalienta energía, y se expande el miedo. La verdadera agenda es esta: evitar que Irán se convierta en el detonador perfecto de una crisis global más grande que Irán.
