Perico Noticias // América Latina vuelve a ocupar el lugar que Washington nunca dejó de asignarle: patio trasero, reserva estratégica y caja de salvataje. La llamada Doctrina Trump no inaugura una era; la blanquea. Lo que antes se hacía con diplomacia cínica hoy se ejecuta con retórica de fuerza, advertencias públicas y operaciones “preventivas”. El mensaje es brutalmente simple: el dominio se ejerce o se pierde.
¿Qué hay detrás del nuevo giro estadounidense hacia la región? Recursos. Petróleo, oro, minerales críticos, rutas logísticas y control geopolítico. Venezuela no es un símbolo: es una bóveda. Y Estados Unidos no actúa por capricho ideológico; actúa por necesidad estructural. La economía norteamericana arrastra déficits gemelos, endeudamiento récord y una fragilidad que ya no se disimula con Hollywood ni con Nasdaq. Cuando el centro cruje, el imperio mira a la periferia.
En ese marco, resuena una tesis incómoda —atribuida al analista Alfredo Jalife—: lo mejor que podía ocurrirle al mundo era que China y Rusia ayuden a Estados Unidos a no colapsar, porque una caída desordenada del hegemón arrastra al planeta entero. La pregunta que incomoda es inevitable: ¿esta maniobra fue consentida? ¿Hubo una luz amarilla de Beijing y Moscú para que Washington “cobre” en Venezuela y evite un derrumbe sistémico?
No se trata de altruismo. Se trata de gestión del riesgo global. China y Rusia compiten con EE.UU., pero no necesitan su quiebra; necesitan tiempo, estabilidad relativa y mercados funcionando. Un colapso norteamericano dispararía crisis financieras, comerciales y sociales en cadena. Permitir que EE.UU. oxigene su balance con recursos venezolanos puede ser, paradójicamente, un mal menor.
Este movimiento también reordena el tablero atlántico. Estados Unidos se repliega de Europa —agotada, cara, fragmentada— y aterriza con todo en LATAM, donde el costo político es menor y la rentabilidad geoestratégica es inmediata. La Doctrina Monroe vuelve a escena, ahora sin pudor: seguridad, recursos y control del vecindario. Ucrania fue el teatro; Venezuela es la caja.
¿Alcanzan los recursos venezolanos para “salvar” a EE.UU.? No en términos de saneamiento total. Sí para ganar tiempo, estabilizar flujos, asegurar energía barata y enviar una señal a los mercados: el imperio todavía puede. Lo demás es relato.
Vendrán elecciones en Venezuela, claro. Un velo democrático para cubrir lo que ya ocurrió. Se hablará de transición, institucionalidad y paz. Show hollywoodense para audiencias globales. Pero el núcleo no cambia: la apropiación de valor. El resto es escenografía.
América Latina paga el precio de siempre: soberanía condicionada, gobiernos presionados, economías reconfiguradas en función de intereses externos. Y, sin embargo, el dilema es más cruel: si EE.UU. cae, caemos todos. ¿Consentir el saqueo para evitar el abismo? ¿O resistir y asumir el costo sistémico? No hay respuestas cómodas.
Lo que sí hay es una certeza: el relato único no explica la realidad. Explica una película. La política internacional se juega en otro plano, donde los rescates no se anuncian y los acuerdos no se firman ante cámaras. LATAM vuelve a ser tablero. Y el mundo, rehén de que el centro no se desplome.
