La presidencia de Javier Milei atraviesa el momento más delicado desde su inicio. La gobernabilidad se ha convertido en un bien escaso, y los aliados circunstanciales comienzan a marcarle distancia. En este escenario, la conclusión es cruda pero ineludible: la única chance de Milei es ganar. Ganar en las urnas en octubre, y ganar en la construcción de un poder político real que aún no posee.
Una economía al borde del abismo
El ministro de Economía, Luis “Toto” Caputo, confirmó lo que el mercado ya anticipaba: tras las elecciones de octubre habrá un “reseteo” del dólar y de las tasas de interés, un sinceramiento doloroso que impactará de lleno en el bolsillo de los argentinos. Morgan Stanley ya advirtió a sus clientes sobre este escenario.
Esto significa que la calma cambiaria es apenas un veranito electoral, sostenido artificialmente para no dinamitar las chances del oficialismo. Pero el costo será elevado: devaluación, suba de tasas y un nuevo golpe al consumo y a los salarios. Milei juega con fuego, porque sabe que tras la elección llegará la hora de la verdad económica.
Gobernabilidad pendiente de un hilo
La revelación de Caputo desnuda la fragilidad del proyecto libertario: sin respaldo político firme y con un ajuste que multiplica tensiones sociales, Milei depende exclusivamente de su capacidad de sostener legitimidad electoral.
El dilema es claro:
- Si gana en octubre, podrá mostrar que conserva la confianza de una parte mayoritaria de la sociedad y usará ese capital como blindaje político.
- Si pierde o queda debilitado, su margen de maniobra se desintegrará y el país ingresará en un terreno de ingobernabilidad difícil de revertir.
El laberinto libertario
El presidente se enfrenta al dilema que sintetiza su propia contradicción: pregona un Estado mínimo, pero necesita del poder político que solo ese mismo Estado puede otorgar. Reclama libertad de mercado, pero congela el dólar a la espera de un resultado electoral. Denuncia a la “casta”, pero depende de la negociación con gobernadores y legisladores.
En definitiva, Milei juega una partida de ajedrez con piezas prestadas. Y la advertencia de su ministro de Economía demuestra que la paciencia social tiene fecha de vencimiento.
Conclusión
La gobernabilidad de Milei no depende ya de consensos, ni de acuerdos parlamentarios, ni siquiera de la confianza de los mercados. Depende únicamente de su capacidad de ganar en octubre. Esa es su única carta.
Si la juega bien, podrá extender su experimento económico un tiempo más.
Si la pierde, lo que vendrá no será solo un ajuste económico, sino un ajuste político letal.