Monterrico, 12 de enero del 2026 // Hay decisiones que no se miden por simpatía ni por conveniencia política. Se miden por una sola vara: si protegen la vida. En Monterrico, la clausura del local bailable “Miami” tras el uso de pirotecnia peligrosa en un ámbito cerrado no es un “acto administrativo” más. Es un mensaje. Y es, sobre todo, una definición de liderazgo.
Luciano Moreira, intendente de la ciudad, hizo lo que muchos evitan: ejercer el poder municipal cuando corresponde, sin esperar a que la tragedia convierta la omisión en tapa. No le tembló el pulso porque entendió lo esencial: cuando se habilita el descontrol, el Estado se vuelve cómplice. Y en materia de seguridad, la complicidad se paga caro.
La resolución del Juzgado de Faltas que ordenó la clausura llega como respuesta a hechos de público conocimiento que expusieron una situación inadmisible: pirotecnia en un espacio cerrado, con gente adentro, con riesgo directo sobre la integridad física. El punto no es “si pasó antes” o “si fue por unos segundos”. El punto es que no puede pasar. Porque cuando se trata de fuego, humo, estampidas y salidas bloqueadas, el margen de error es cero.

Monterrico viene atravesando, desde hace tiempo, un cambio cultural que incomoda a algunos, pero que—por resultados—termina sumando a la mayoría. Moreira se ganó un lugar en el mapa provincial precisamente por eso: por animarse a ponerle límite a prácticas naturalizadas que, bajo la etiqueta de “costumbre”, esconden conductas nocivas para la convivencia.
Y hay un dato que no se puede ignorar: el cambio cultural no se impone con una moral superficial. Se impone con pericia de gestión,-yendo al hueso-, con argumentos sólidos, con sentido común y con una ejecución que no deje dudas. En ese terreno, Moreira viene construyendo algo valioso: una autoridad que no se exhibe para la foto, sino que se ejerce para ordenar la vida cotidiana.

El debate real no es si la medida fue dura. El debate real es por qué todavía hay quienes creen que el Estado debe “mirar para otro lado” cuando se pone en riesgo a la gente. La clausura no es un capricho: es una señal de que en Monterrico la seguridad no es negociable, y que quien decide jugar con fuego—literalmente—va a enfrentar consecuencias.
En tiempos de grietas inútiles, hay una grieta que sí vale: la que separa a los que actúan antes del desastre de los que aparecen después con excusas. Monterrico, esta vez, eligió actuar antes. Y ese es el tipo de decisión que construye ciudadanía: porque cuando la autoridad se usa para cuidar, la comunidad se siente respaldada.

Moreira no está enfrentando “tradiciones”. Está enfrentando el descontrol. Y eso—aunque moleste—es exactamente lo que una mayoría silenciosa espera de sus autoridades: que pongan orden donde hay riesgo, que hagan cumplir la norma, y que recuerden que el entretenimiento jamás puede valer más que una vida.
