Hay decisiones que no se discuten por ideología ni por simpatías. Se discuten por una sola razón: si protegen o ponen en riesgo la vida. En Monterrico, el intendente Luciano Moreira tomó una determinación que, en términos de gestión, es de las más difíciles: aplicar el poder municipal sin titubeos cuando el peligro está a la vista, aunque eso incomode, aunque genere críticas fáciles, aunque algunos intenten disfrazar una falta grave como un procedimiento exagerado.

El comunicado fue claro: uso de pirotecnia tipo “bengalas” en un local bailable, una práctica prohibida, constatada y verificada por la administración municipal. ¿La respuesta? Dos medidas concretas, inmediatas y contundentes:
- Clausura preventiva del local bailable “Miami”.
- Aplicación de la máxima multa por la grave falta.
No se trata de “mano dura” para la foto. Se trata de una idea simple, pedagógica y profundamente humana: la noche no puede ser un territorio sin reglas. Y la diversión no puede tener como costo posible una tragedia.
Cuando la autoridad decide hacerse cargo
La sociedad argentina está cansada de un mecanismo tan viejo como injusto: que las normas existan, pero se apliquen solo después del desastre. Se llora, se promete, se endurece por un tiempo… y luego vuelve la costumbre del “no pasa nada”. Ese círculo es el que Moreira parece decidido a cortar.
Porque no hay excusas técnicas ni grises legales cuando se usan bengalas en un espacio cerrado, con gente, música, alcohol, aglomeración y una sensación de invulnerabilidad que dura hasta que deja de durar. El Estado local tiene un único rol posible frente a esa evidencia: prevenir.
Y prevenir, en serio, implica asumir costo político. Implica bancarse el ruido de quienes confunden libertad con impunidad. Implica tolerar el comentario superficial: “se la agarran con el boliche”. No: se la agarran con el riesgo.

Un cambio cultural que la mayoría aprueba (y necesita)
Monterrico está creciendo, y con el crecimiento viene el desafío: ordenar la convivencia, elevar estándares, y cuidar a la gente sin convertir el control en persecución. La línea es fina, pero existe, y se llama responsabilidad pública.
Lo que vemos acá es un gesto que va más allá de un expediente: es una señal cultural. Una administración que dice:
- Las normas son para todos.
- La seguridad no se negocia.
- El municipio no “acompaña” el peligro: lo frena.
Esa señal, aunque no haga ruido en redes como el escándalo, construye ciudad. Porque educa sin discursos largos: muestra, con hechos, cuál es el límite.
No es contra la noche: es a favor de la vida
Este punto es clave para ser justos: nadie quiere una Monterrico apagada. La noche genera trabajo, movimiento económico y espacios de encuentro. Pero para que exista noche sostenible, tiene que existir noche segura.
La clausura preventiva y la máxima multa no son un ataque al entretenimiento: son un mensaje empresarial y ciudadano al mismo tiempo. A los comerciantes les dice: “Se puede trabajar, pero cumpliendo”. A las familias les dice: “No están solos; el Estado local está mirando”. Y a los jóvenes les dice algo que a veces nadie les dice con firmeza: “Cuidarse también es parte de la libertad”.
Luciano Moreira eligió el camino menos cómodo y más necesario: no temerle a la crítica fácil, no mirar para otro lado, y actuar cuando la evidencia es irrefutable. Eso, en tiempos donde muchos prefieren “administrar el silencio”, es liderazgo.
Monterrico empieza a escribir una regla de oro: cuando una conducta pone en peligro a los ciudadanos, la autoridad no negocia; decide. Y decide a tiempo.
