Perico Noticias, 16 de enro del 2026 // Primero lo obvio —y lo demoledor—: un Nobel no se “regala”. No se revoca, no se comparte y no se transfiere. Lo dijo formalmente el propio ecosistema institucional del Nobel ante consultas de este tipo: la decisión es final y el estatus de laureado no se mueve. O sea: si alguien “se lo da” a otro, lo único que transfiere es sumisión simbólica.
Ahora bien, el punto no es jurídico. Es político. Porque el daño real no está en el trámite imposible, sino en el mensaje: “mi mérito necesita tu bendición”. Y ahí aparece la humillación: no tanto de Trump a Machado (que ya es fuerte), sino de Machado —si ese gesto ocurrió como se relata— a sí misma y a la causa que dice encarnar. Cuando un liderazgo opositor convierte su capital moral en propina diplomática, deja una pista fea: la agenda ya no la define la calle venezolana, la define el tablero de poder externo. En términos de reputación: es pasar de “sujeto político” a “proveedor tercerizado de legitimidad”.
Y Trump, con su estilo brutal, hace lo que mejor hace: correr el velo. Si la escena fue real tal como se viralizó, su respuesta —apropiarse— es la expropiación perfecta: toma la cortesía y la convierte en propiedad. No discute democracia, no discute derechos humanos, no discute ética: discute titularidad. “¿Premio? Perfecto. Ponelo a mi nombre.” Es la síntesis del poder sin pudor: si te arrodillás, no te agradezco; te administro.
Y acá entra el tercer actor, el que queda peor parado: los organizadores y el mito del Nobel. El Comité premió a Machado como “campeona de paz” por su lucha democrática en Venezuela.
Si luego el premio termina orbitando como ofrenda en la política doméstica estadounidense (aunque sea en el plano simbólico), el Nobel se degrada: pasa de “distinción universal” a insumo de campaña, de “soft power moral” a branding geopolítico. No es que Trump humille al Nobel: es que el Nobel se deja usar como packaging de causas que después el poder mastica y escupe.
Conclusión incómoda: si el activismo se legitima por aplauso foráneo, el foráneo pasa a ser accionista. Y cuando el accionista mayoritario habla, el resto acata. Esa es la enseñanza: el premio no expone sólo a Machado; expone el mecanismo entero de la “virtud” internacional cuando entra en el mercado de influencia. Si el Nobel quiere seguir siendo faro, tiene que blindarse del espectáculo. Porque en el mundo Trump, la moral cotiza… y el más fuerte se queda con la caja.
