Perico Noticias, 12 de enero del 2026 // Groenlandia no cambió. Lo que cambió fue el mundo. Y cuando cambia el mundo, los mapas se reescriben con tinta militar, logística y recursos críticos. El Ártico ya no es “hielo lejano”: es una autopista futura, un depósito de minerales estratégicos, un radar geopolítico y un flanco de defensa. Por eso, cuando Donald Trump repite que Estados Unidos “no puede permitir” que Groenlandia caiga bajo influencia de Rusia o China, no está haciendo turismo retórico: está empujando una doctrina de control territorial.
El problema es el método. Trump llegó a decir que EE.UU. hará “algo” con Groenlandia “por las buenas o por las difíciles”, según reportes de prensa. En Europa, eso no se escucha como una frase: se escucha como una grieta en el corazón de la alianza occidental. Porque Groenlandia es un territorio autónomo dentro del Reino de Dinamarca, y Dinamarca es aliado OTAN. Forzar el asunto fractura confianza, abre disputas internas y le regala propaganda a los adversarios estratégicos.
La discusión tiene dos niveles:
Nivel 1: el argumento estratégico.
Estados Unidos ya tiene presencia militar en Groenlandia (históricamente, por su rol en defensa y vigilancia). Y es cierto que Rusia y China incrementaron interés por el Ártico. China se define “casi-ártico” y ha buscado proyección económica y científica en la región, algo que volvió más sensible cada inversión y cada puerto. Esto es realpolitik: nadie quiere quedar fuera del nuevo tablero ártico.
Nivel 2: la legitimidad política.
Una cosa es reforzar cooperación con Dinamarca y Groenlandia. Otra es instalar la idea de “adquirir” o “asegurar control” sobre un territorio con población y parlamento. Líderes políticos groenlandeses, según reportes, han rechazado explícitamente la presión y remarcan que el futuro lo decide su gente.
Y acá se suma un componente delicado: Reuters informó que diplomáticos nórdicos rechazaron afirmaciones de Trump sobre supuesta presencia de barcos/submarinos rusos o chinos alrededor de Groenlandia, diciendo que no hay evidencia en inteligencia OTAN que sustente esos dichos. En gestión pública, cuando justificás una postura dura con datos cuestionados, perdés el activo más valioso: credibilidad. Y sin credibilidad, cualquier iniciativa—por más lógica que sea—se vuelve sospechosa.
¿Qué puede pasar ahora? Tres escenarios:
- Escenario “acuerdo inteligente”: EE.UU. negocia con Dinamarca y Groenlandia un paquete de inversión, defensa y presencia OTAN más robusta, respetando soberanía y dando beneficios tangibles a la población local. Es el camino “corporativo”: alianza, contratos, valor compartido, y control por cooperación.
- Escenario “presión y reacción”: Washington endurece el tono, Europa responde reforzando presencia OTAN en la región, y Groenlandia se convierte en un foco permanente de tensión política dentro de la alianza. Esto no solo no frena a Rusia/China: les facilita la narrativa de “Occidente dividido”.
- Escenario “error no forzado”: un movimiento unilateral o una amenaza mal calibrada escala la crisis y abre un precedente peligroso: si entre aliados se habla de territorios como piezas transferibles, ¿qué impide que otros hagan lo mismo en otras regiones?
La gran verdad es que el Ártico se está “securitizando”. Y cuando una región se securitiza, el margen para el simbolismo se achica. Cada frase pesa. Cada patrulla, cada puerto, cada radar, cada inversión, cada cable submarino. Groenlandia, por su ubicación, se vuelve una plataforma de vigilancia y de control de rutas. Por eso, la agenda real no es “quién se queda con Groenlandia”. La agenda real es cómo se administra el Ártico sin convertirlo en un nuevo Mar del Sur de China.
Europa lo entiende: inquietud, planes de refuerzo, conversaciones diplomáticas. China también respondió, advirtiendo que EE.UU. no debería usar “pretextos” para perseguir intereses en Groenlandia y recordando que las actividades árticas deben regirse por derecho internacional. Cada actor está escribiendo su parte del guion.
Conclusión: Groenlandia es la prueba de si Occidente puede actualizar su estrategia sin romper su propio contrato interno. Si la respuesta es cooperación con reglas, el bloque se fortalece. Si la respuesta es presión entre aliados, el bloque se debilita. Y cuando el bloque se debilita, el Ártico se vuelve un tablero más peligroso… justo cuando el mundo ya está cargado de tensiones.
