Perico Noticias, 20 de enero del 2026 // El mensaje que se “blanquea” en Davos ya no es diplomático: es transaccional. Estados Unidos, bajo Donald Trump, expone una tesis cruda ante líderes políticos y corporativos: el comercio vuelve a ser palanca de poder duro, y la soberanía ajena se mide en términos de utilidad estratégica. Aranceles como garrote, cadenas de suministro como correa y el Ártico como tablero central. Lo que antes se negociaba en tratados, ahora se plantea como ultimátum.
La amenaza arancelaria no funciona solo como política comercial: opera como mecanismo de disciplinamiento. Trump instala el “precio” de acceder al mercado estadounidense y lo usa como herramienta de renegociación permanente: inversión “adentro”, producción “adentro”, empleo “adentro”. El resto del mundo queda ante una disyuntiva de CEO: o te relocalizás, o pagás peaje. Y cuando el peaje se vuelve regla, la globalización pasa de integración a segmentación: bloques, barreras, represalias, inflación importada y volatilidad financiera como costo sistémico.
En ese marco aparece Groenlandia como símbolo y como activo. La discusión deja de ser excentricidad y toma forma de doctrina: control del Ártico, rutas marítimas, minerales críticos, infraestructura y superioridad tecnológica/defensiva. La “adquisición” del territorio —planteada como prioridad estratégica— revela la nueva lógica: si un espacio es vital para mi seguridad, entonces es negociable su estatus, aun si eso tensiona aliados y reglas. Es el lenguaje de la esfera de influencia reeditado con marketing de seguridad nacional.
Por eso la comparación con el “modelo Ucrania” no es capricho retórico: lo que cambia es el argumento legitimador. Rusia invocó seguridad y zonas tampón; ahora Washington instala una narrativa donde “defensa” habilita reordenamientos económicos y territoriales. No es que el mundo copie un caso: es que el planeta entra en una etapa donde la fuerza —económica, tecnológica, militar— vuelve a ser el árbitro principal, y el derecho internacional queda como marco secundario, selectivo y disputado.
Davos, históricamente un templo del consenso globalista, queda reconfigurado: ya no es “la mesa de acuerdos”, sino el escenario donde se anuncian condiciones. Trump no discute cómo mejorar el sistema; discute quién lo conduce y quién paga el costo. Y cuando el líder del país con moneda, mercado y aparato militar dominante habla así, la señal se convierte en comportamiento: otros Estados ajustan presupuestos, rearman estrategias industriales, acumulan reservas, restringen exportaciones sensibles y rediseñan alianzas.
¿Qué viene después? Un mundo más caro y más nervioso. Más proteccionismo, más subsidios encubiertos, más guerra tecnológica, más disputa por recursos “críticos” y más presión sobre países periféricos para elegir bando. Para economías como la argentina —y provincias exportadoras como las del NOA— el riesgo es quedar reducidas a proveedoras baratas de materias primas en un contexto donde el centro fija precios, estándares y acceso. La única defensa real es estrategia: agregar valor, diversificar mercados, blindar institucionalidad y sostener competitividad con infraestructura y capital humano, no con slogans.
