Trump nacionaliza el barril venezolano: el “petróleo rehén” que redibuja el poder global

Trump nacionaliza el barril venezolano: el “petróleo rehén” que redibuja el poder global

Perico Noticias 7 de enero del 2026 // Donald Trump acaba de poner en blanco y negro lo que muchos sospechaban: la “transición” en Venezuela no se explica primero por la democracia, sino por el precio del barril. En un posteo en Truth Social, anunció que las autoridades interinas venezolanas “entregarán” a Estados Unidos entre 30 y 50 millones de barriles de crudo sancionado, que sería vendido a precio de mercado y cuyos ingresos quedarían bajo su control para “beneficiar” a Venezuela y a EE.UU. La magnitud no es simbólica: distintas coberturas la valuaron en el orden de hasta 3.000 millones de dólares, mientras Reuters también reportó que el acuerdo operativo que se negocia podría equivaler a hasta 2.000 millones en exportaciones de crudo hacia EE.UU. En términos de poder, el mensaje es directo: el hegemón ya no “acompaña procesos”, administra flujos.

El punto fino es este: Trump no está “opinando” sobre energía, está intentando gobernar la inflación por la vía más antigua y efectiva para un presidente estadounidense: abaratar combustible y logística. Si Washington logra aumentar oferta física disponible para su sistema —y encima con control político del flujo— puede influir sobre expectativas y precios internos, y eso tiene un impacto inmediato en el costo de vida. Incluso hoy ya se observó reacción de mercado: medios financieros reportaron bajas en el precio del crudo tras el anuncio y, sobre todo, incertidumbre sobre la letra chica (logística, quién ejecuta, qué licencias, qué rol juega Chevron). El “ajedrez” está planteado: si el petróleo baja, Trump vende gestión; si baja la inflación, Trump compra margen político; si compra margen político, Trump endurece su doctrina exterior. Y esa doctrina —post Venezuela— se parece menos al multilateralismo y más al control de activos estratégicos.

Pero el verdadero temblor no está en el precio del Brent; está en el derecho internacional y en las alianzas. La ONU ya advirtió que la intervención estadounidense en Venezuela socava principios fundamentales del orden jurídico global. Y mientras tanto, Europa mira con miedo: el precedente “Venezuela” se superpone con la tensión por Groenlandia, donde Dinamarca llegó a plantear que una ruptura de ese tipo podría dejar a la OTAN al borde del abismo. En castellano llano: si el hegemón demuestra que puede reordenar gobiernos y, acto seguido, llevarse el petróleo “para administrarlo”, ¿quién le pone límites mañana cuando el objetivo sean minerales críticos, rutas árticas o infraestructura estratégica? En esa escena, la democracia queda como slogan y el poder real se llama capacidad de imponer hechos.

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Venezuela, además, queda atrapada en una paradoja explosiva: si la “estabilidad” de la transición depende de que el negocio funcione, entonces la prioridad es que no haya guerra civil, no que haya urnas. Reuters reportó que el plan se ejecutaría con petróleo que iba a otros destinos y que la Casa Blanca incluso asignó al secretario de Energía Chris Wright para instrumentar el esquema “de inmediato”. Es un cambio de paradigma: el flujo de crudo pasa a ser una herramienta de gobierno estadounidense y un disciplinador geopolítico regional. Y eso no termina en Caracas: en el Caribe, en Cuba y en cualquier economía dependiente de energía subsidiada, un giro de este tipo puede convertirse en presión social por apagones y costos. (Esta lectura es una inferencia razonable a partir del rol del petróleo en la región, no un hecho ya confirmado.)

La pregunta incómoda, entonces, no es “¿cuánto dinero entra?” sino “¿qué mundo nace?”. Porque si el petróleo es administrado como botín de estabilización y la legitimidad se pospone “para después”, el sistema multilateral pierde autoridad y los liderazgos regionales quedan más chicos, más frágiles, más negociables. China ya condenó el movimiento como una vulneración de soberanía y derecho internacional, y eso anticipa fricción prolongada. En ese tablero, Trump busca algo más grande que 2.000 o 3.000 millones: busca demostrar que el poder global se ejerce controlando el recurso y gestionando la transición como un tablero corporativo. Puede salirle bien en el corto plazo, sí. Pero deja una herencia peligrosa: cuando se normaliza que la fuerza y el negocio reemplacen a las reglas, lo que se rompe no es Venezuela: es el manual del mundo.

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