«Felicidad y Psicoanálisis», entrevista a Esperanza Molleda

 «Felicidad y Psicoanálisis», entrevista a Esperanza Molleda

Por Diego Pereyra | «Felicidad y Psicoanálisis» Esperanza Molleda

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Esperanza es Psicoanalista y Directora de la Biblioteca de Orientación Lacaniana de Madrid.

Me interesó de sobremanera su ensayo Felicidad y psicoanálisis, en el que explica cómo, a través de los años, la felicidad se ha convertido en un factor político, y el psicoanálisis emerge como agente de discernimiento.

Por Diego Pereyra.

Nos introduce a su trabajo con una premisa de Freud que indica que el propósito de vida del hombre es la felicidad, ahora bien, esta felicidad, ¿es espiritual o material?

«La felicidad» tiene algo de concepto vacío. En el sentido que habla Ernesto Laclau, es una palabra que invita a que cada uno la rellene de manera distinta. Así que, cuando la utilizamos, creemos estar hablando de lo mismo pero, sin embargo, estamos haciendo referencia a una diversidad considerable. Y es, precisamente, este carácter escurridizo del término el que lo vuelve, por un lado, muy útil para definir un objetivo aparentemente común pero, por otro lado, en cierta manera opresivo, ya que uno no sabe nunca muy bien cómo alcanzarla, ni cómo ayudar a otros a alcanzarla.

Cuando el poder político de los países occidentales y occidentalizados asume la tarea de extender «la felicidad» a todos los hombres, a partir de las revoluciones de finales del siglo XVIII, el primer esfuerzo consiste en conseguir unas condiciones materiales de vida menos penosas para sus ciudadanos. El hambre, la miseria, la enfermedad eran la tónica general en la que vivía la mayor parte de la población. Pero conforme se iban adquiriendo cuotas de bienestar material y, precisamente, por el carácter escurridizo del término, la exigencia de «felicidad» se fue ampliando a todo tipo de ámbitos: relaciones familiares, de pareja, satisfacción en el trabajo, en el ocio, aspecto físico, etc.

De todas formas, con la llamada «crisis económica» de los últimos años, al menos en Europa, el proyecto político de extensión de la felicidad ha caído. Incluso, el poder político y financiero se guía por la idea de que las poblaciones han gozado de un exceso de «felicidad» que ha supuesto una carga financiera insostenible para los estados. Por ello, deben «recortarse» los apoyos públicos que se daban para la conseguir el bienestar de los ciudadanos.

Al emerger la felicidad como un factor político, ¿deberíamos revisar entonces lo planteado desde la psicología, donde esta se relaciona más con el propio carácter que con cuestiones externas?

La felicidad es un estado subjetivo pero el ser humano básicamente está desorientado respecto de la manera en que puede conseguirlo, por ello se generan discursos externos, a los que se adhiere con esperanza, que pretenden guiarle en el camino.

En Occidente, la religión cristiana supuso esta orientación predominante durante muchos siglos, y en su fusión con el poder político indicaba el rumbo a seguir para lograr la satisfacción que consistía en estar ganándose la salvación tras la muerte. Una vez desligado el ideal religioso del poder político, tras la Revolución Francesa, y una vez que fue puesto en cuestión el programa de la salvación de las almas más allá de la vida, todo el peso de la organización política se dirigió a buscar la satisfacción en la vida. Esto es lo que le llevó al político revolucionario francés Sant Just a afirmar que la felicidad se había vuelto un factor de la política, tal como nos recuerda Lacan.

Foucault supo captar que, mientras en el Antiguo Régimen, el poder del soberano consistía en decidir sobre la muerte de sus súbditos («hacer morir»), en el estado moderno, el poder fue paulatinamente preocupándose por «hacer vivir» a sus ciudadanos de determinada manera en nombre de su propio bien. En la educación, en la medicina, en el cuidado del cuerpo, en la psicología se han ido desarrollando, desde entonces, cada vez más técnicas, más disciplinas, más literatura que señalan cuál es la manera idónea de alcanzar el bienestar.

¿Cómo nos afecta esta disposición permanente a buscar la satisfacción a partir de la política?

Los poderes políticos intentan regular cada vez más todas esas maneras en las que se supone que se va a alcanzar el bienestar tanto a través de disposiciones legales como a través de las llamadas campañas de sensibilización. El concepto de salud tiene, en este sentido, un valor fundamental, ya que parece que, en nombre de la salud, se puede pedir a los ciudadanos que hagan o dejen de hacer todo tipo de cosas: comer tales cosas y tales, no; organizarse el trabajo y el descanso de determinadas formas, relacionarse con los semejantes de determinadas maneras y no de otras, etc.

Esto lleva a las personas a un constante estado de no estar haciendo lo correcto para estar bien. Las personas llegan a la consulta del psicoanalista sufriendo por no poder adecuarse a todas esas regulaciones con las que se ven bombardeadas en nombre de su propio bien. Freud dio el nombre de superyó a esta instancia psíquica que nos recuerda, continuamente, que no hemos sido lo suficiente buenos.

En este sentido, el hecho de que la política haya tomado como suyo el objetivo de que los ciudadanos estén bien, implica que, a través de muchos medios externos, los sujetos ven redoblados, continuamente, los mensajes de su propio superyó, lo que supone una importante carga de sensación de fracaso y de angustia.

¿Puede ser que, en este escenario, generemos en cierto modo una ética acomodaticia?

No lo creo. Creo que tener una ética más o menos acomodaticia no depende tanto de las circunstancias externas como de la disposición personal. Hay personas que en circunstancias realmente adversas tienden a ser acomodaticios y a no luchar por ningún cambio, mientras que, por otro lado, hay personas que incluso cuando se sienten muy satisfechas con su vida siguen buscando nuevos caminos por los que seguir.

Lo que sí es cierto es que una política, en la que la felicidad de los individuos juega un papel tan importante como en Occidente, genera una ética en la que la comodidad es un valor muy apreciado, a veces demasiado.

¿Cuál considera que es el rol o la responsabilidad del psicoanálisis ante el divorcio del estado y la iglesia con la sociedad en un contexto de permanente búsqueda de la felicidad?

La invención freudiana del psicoanálisis se produce en este mismo caldo de cultivo en el que la felicidad se ha vuelto una cuestión fundamental para la organización de nuestras sociedades y en el que la ciencia es el camino para desarrollar un saber al respecto. Freud no duda en sostener la idea de felicidad como búsqueda del placer y evitación del displacer, y propone el psicoanálisis como una terapéutica científica. Pero la particular posición de Freud de no retroceder ante lo que encontraba en su práctica hizo del psicoanálisis una propuesta divergente del orden establecido.

Cuando los psicoanalistas invitamos a los pacientes a hablar con el mínimo de restricciones acerca de lo que les pasa y las causas de su sufrimiento, encontramos un conflicto básico entre lo que son, lo que pueden ser, lo que les ocurre, y lo que creen que deberían ser según distintas «restricciones» que han ido haciendo suyas y que provienen de la «cultura» en sentido amplio (de las palabras de las personas amadas, de la educación, de la religión, de la política, de los mass media, del cine y de la literatura).

Desde una perspectiva bastante extendida, se cree que el quid de la cuestión es entonces liberarse de esas «normas restrictivas», alcanzando entonces la felicidad de «ser uno mismo». El problema es que el sujeto está hecho de esas mismas restricciones que ha ido haciendo suyas y que no hay ninguna esencia pura del sujeto que haya sido ahogada por las condiciones externas y que deba ser liberada.

En esta difícil encrucijada, en la que uno está hecho precisamente de aquello que le hace sufrir, es donde el psicoanálisis le ofrece un lugar al sujeto para que pueda desenredar de qué están hechos sus deseos y sus sufrimientos, y poder situarse de otra manera ante ellos, sin padecimiento.

¿Puede ser que busquemos en el psicoanálisis la manera de evadir o justificar la realidad de las cosas?

Más bien todo lo contrario. La apuesta terapéutica del psicoanálisis tiene que ver con enfrentarse con lo más real de uno mismo y de las circunstancias que le han tocado gracias al apoyo en la transferencia hacia la persona del analista. La experiencia de un análisis permite conocer lo que nos ha marcado singularmente a cada uno de nosotros y que tiene efectos en nuestra vida, especialmente, cuando no somos conscientes de ello. En el mismo proceso de ir conociendo estos determinantes, los sujetos van cambiando su posición respecto de ellos.

En este sentido, pasar por un psicoanálisis permite no solo modificar en nosotros mismos aquello que nos hacía sufrir, sino también nuestras relaciones con los demás y con la realidad externa; nos permite asumir las limitaciones que estas condiciones externas pueden imponernos, sin dejar, por ello, de seguir trabajando en el sentido que nos guie nuestro deseo.

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